Besalú más allá del puente

Todo el mundo ha visto la foto del puente. La del puente románico con el pueblo al fondo, el río Fluvià pasando por debajo, la luz de la mañana si te has levantado pronto o la luz de la tarde si no. Es una foto bonita. Es una foto muy bonita. El problema es que mucha gente va a Besalú, hace esa foto, da una vuelta por el casco antiguo y se vuelve. Y así se pierden lo mejor.

Llegué un domingo a las nueve. Sin planificación excesiva, sin guía descargada, sin lista de cosas que ver. Con el coche aparcado en el parking de fuera y las ganas de entrar.

Crucé el puente a pie, como hay que cruzarlo.

El puente de Besalú tiene once arcos, una capilla encima en el centro y una historia que incluye haber sido volado por los propios vecinos durante la Guerra de Sucesión para frenar al ejército borbónico. Luego lo reconstruyeron. No sé si eso dice más de la guerra o de los vecinos, pero me parece que dice bastante de ambos.

Lo que no esperaba era lo que hay al otro lado.

Porque Besalú no es solo el puente. Besalú tiene un barrio judío del siglo XII con el único mikvé (baño ritual judío) que se conserva en España en el mismo emplazamiento donde estuvo la sinagoga. No una reconstrucción. No una réplica. El original. Excavado en la roca, con las escaleras de piedra que bajaban al agua intactas.

Entré con una señora que hacía de guía para un grupo pequeño. Me enganché al grupo sin pedirle permiso a nadie. Nadie dijo nada. La señora explicó la historia del mikvé con una calma y un detalle que hacía pensar que llevaba toda la vida haciéndolo y que todavía le parecía interesante. Eso se nota. Se nota mucho.

El casco antiguo de Besalú es laberíntico en el buen sentido. Hay calles que suben, que bajan, que giran y que te devuelven al mismo sitio desde un ángulo diferente. Estuve un buen rato dando vueltas sin ningún destino concreto. En algún momento me senté en los escalones de la iglesia de Sant Pere y me quedé mirando la plaza vacía.

A esa hora, un domingo, con el sol todavía bajo, no había casi nadie.

Eso dura poco en Besalú. A las diez y media ya había tres autocares aparcados y el puente tenía más gente encima que debajo. Pero vale la pena madrugar por esa horita de soledad.

Para comer no hay misterio si sabes lo que buscas. Las judías de Santa Pau son la gastronomía de la zona: judías blancas cultivadas en suelo volcánico, a quince kilómetros de aquí, con una textura mantecosa que no tiene nada que ver con lo que compras en cualquier sitio. Las encuentras en varios restaurantes del pueblo, habitualmente guisadas con butifarra de perol o con tripa de porc negre. Si ves una pizarra con eso escrito, entra sin pensar mucho más.

El Curia Reial, en la plaza del pueblo, las hace bien. No te digo que sea el único sitio, te digo que las hacen bien y que yo salí contento. Que a veces es suficiente.

El Museu del Circ me pilló por sorpresa. Está en Besalú, es el primer museo de Europa dedicado exclusivamente al circo, y yo no había oído hablar de él en mi vida hasta que lo vi señalizado en una calle lateral. Entré sin saber qué esperar.

Es pequeño. Muy bien hecho. Tiene carteles, objetos, fotos, la historia del circo en Cataluña desde el siglo XIX. Y tiene esa calidad que tienen los museos cuando los ha hecho alguien que le importa de verdad el tema, no alguien que ha recibido una subvención y ha encargado el contenido a una empresa de comunicación.

No sé cuánto tiempo estuve dentro. Más del que pensaba.

Me fui después de comer, con el pueblo ya lleno y el puente con cola para hacerse fotos. Pasé por encima por última vez, me paré un momento en el centro, miré el río desde arriba.

El puente aguanta. Lleva aguantando desde el siglo XII, ha sobrevivido una voladura y dos reconstrucciones, y le importa cero la cantidad de gente que pasa por encima haciendo la misma foto.

Lo que me quedé pensando es que Besalú tiene fama de sobra, y aun así consigue esconder cosas. El mikvé lo visita poca gente. El Museu del Circ casi nadie. La iglesia de Sant Pere, que tiene más de mil años, está ahí abierta y tranquila mientras los grupos hacen cola para fotografiar el puente desde el mismo ángulo de siempre.

No me quejo. Significa que si llegas pronto y te sales dos metros del camino marcado, el pueblo sigue siendo tuyo un rato.

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