Pals: hora y media de Barcelona para ver el mar desde un pueblo medieval que huele a arroz

Hay un momento en Pals que no está en ningún reels. Es cuando llegas al mirador de Josep Pla, te asomas, y ves al mismo tiempo el pueblo medieval a tu espalda, los arrozales del Delta del Ter delante, y el Mediterráneo al fondo. En días claros, dicen, se ve Menorca. Yo no la vi. Pero tampoco me importó demasiado porque lo que había delante ya era suficiente.

Llegué un jueves de abril, a media mañana, con el pueblo prácticamente para mí.

Eso en Pals en julio es ciencia ficción. En abril es lo que hay.

Pals está en una colina. Eso ya lo diferencia de la mayoría de pueblos del Baix Empordà, que están en llano. Subir al casco antiguo implica dejar el coche en el parking de abajo y hacer el tramo a pie, que son unos diez minutos por una calle empedrada que sube con pendiente constante. No es una excursión de montaña, pero tampoco es plano. El que va con chanclas lo nota.

Desde que entras por la puerta del casco antiguo, la piedra es de un color dorado uniforme. No es que hayan elegido bien los materiales: es que todos los edificios son de la misma piedra arenisca local, la que tenian a mano supongo, la que se usaba. El resultado es que el pueblo tiene una coherencia visual que no tiene nada de casual y que hace que cada callejón, cada fachada, cada arco parezca parte del mismo conjunto. Porque lo es.

La Torre de les Hores está en el punto más alto. Siglo XV, campanario y vistas. Suena bien, verdad? Subí. Desde arriba se entiende la lógica del pueblo: la colina, los campos de abajo, el mar al fondo. Alguien la construyó aquí porque desde aquí se veía todo. Eso no ha cambiado.

El barrio judío de Pals se llama la Barceloneta. No sé quién le puso ese nombre ni cuándo, pero está en el extremo norte del casco antiguo y es donde la mayoría de la gente no llega. Van siguiendo el camino principal, ven la Torre, sacan las fotos del mirador, y vuelven. El barrio judío queda un poco al margen, sin cartel luminoso que diga «ven por aquí».

Fui porque me lo había apuntado antes de salir. Calles más estrechas, casas más bajas, menos turistas. La Plaça Major con los porches del siglo XIV estaba vacía cuando llegué. Me senté en un banco un momento. No había nada que hacer ahí especialmente, pero era de esos sitios donde estar parado tiene sentido.

El Casal dels Metges tampoco lo visita mucha gente. Es una casa medieval rehabilitada, en la parte alta del pueblo, con una sala de exposiciones que cambia de contenido. El día que fui había una muestra de fotografía de la zona. Pequeña, tranquila, sin aglomeraciones. Entré porque estaba abierto y salí veinte minutos después sin arrepentirme.

El arròs de Pals tiene DO propia. No es marketing: el arroz que se cultiva en el Delta del Ter, a cuatro kilómetros de Pals, lleva creciéndose en esa tierra desde el siglo XVIII y tiene unas características concretas que no tienen los arroces de otros sitios. Grano corto, absorción alta, sabor que aguanta cocciones largas.

Lo pedí caldoso, con sepia, en un bar del casco antiguo que tenía cuatro mesas y una pizarra con lo del día. El camarero no me preguntó si tenía alguna intolerancia alimentaria ni me explicó el concepto del restaurante. Me preguntó qué quería y me lo trajo. Así si, gracias.

Era MUY bueno. De los arroces que te quedas pensando un rato después de terminar, no porque sean espectaculares (que también), sino porque están hechos con el producto que corresponde en el sitio que corresponde. Que es exactamente lo que tiene que ser.

A la una el pueblo empezó a llenarse. Familias, parejas, algún grupo con guía. El mirador de Josep Pla, que había tenido para mí solo una hora antes, tenía ahora gente haciendo cola para la foto. Cola no exagero: había cuatro o cinco personas esperando a que la pareja de delante terminara.

La foto es la foto. Los campos verdes, el mar al fondo, las torres medievales en primer plano. La hacen todos porque funciona. No hay nada malo en eso. Yo también la hice.

Lo que pienso es que Pals tiene la mala suerte de tener una foto muy buena y muy reconocible, y eso hace que mucha gente venga a hacer esa foto y no mucho más. El mirador, la torre, vuelta al coche. Una hora en total. Y así se pierden el barrio judío, la Plaça Major con los porches, el arroz, la coherencia tranquila del pueblo cuando no está lleno.

No es culpa de nadie. Es lo que pasa cuando un sitio tiene una imagen demasiado buena.

Me fui después de comer, con el sol ya alto y el parking bastante más lleno que cuando había llegado. Bajé la cuesta empedrada, entré al coche, y antes de arrancar me quedé un momento mirando el pueblo desde abajo.

Desde abajo no se ve el mirador. No se ve el mar. Se ven las murallas, la torre, las casas de piedra dorada. Y se entiende por qué alguien decidió construir aquí, en lo alto, con todo el Empordà a los pies.

En mi humilde opinion, para ser un pueblo que todo el mundo conoce de nombre, Pals todavía tiene suficientes recovecos para que valga la pena ir despacio.

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